Ayer hice torrijas, este postre tan típico español de Semana Santa.
Las hice de la manera de siempre. Saben a canela y a azúcar por una parte, y saben a recuerdos de la niñez.
Mi madre hacía dos fuentes inmensas de torrijas, unas con canela y otras sin ella. Eramos muchos hermanos, y también se apuntaban los amigos.
Por eso me ha gustado hacerlas como siempre: rebanada de pan empapada en leche, rebozada en huevo.
Se escurre en papel absorbente el aceite y se les echa azúcar y canela. ¡Qué recuerdos!
Ahora yo he visto en la tele que la gente las hace con pan de molde, que les echa nata en lugar de leche, etc etc. Posiblemente estén más ricas, pero les faltará el sabor de la niñez.
Ese sabor que nos retrotrae a tiempos de alegría, de libertad inconsciente, de esas pequeñas cosas que llenan nuestros recuerdos de calmada nostalgia.
Recuerdo también la fuente de arroz con leche que hacía mi madre. Mi madre no cocinaba más que los domingos y en Semana Santa haciendo estos postres.
Desgraciadamente, a mí el arroz con leche no me sale nada bien.
Y también me acuerdo de que mi madre, que era de Madrid, nos contaba lo de las rosquillas tontas y listas, que estaban ensartadas en ramas. En Arkotxa, en el Via Crucis que hace este barrio de Galdakao, también las vi. Seguramente porque es un barrio obrero donde hay mucha gente de fuera.
¡Qué bonitas son las tradiciones! Estas tradiciones que dan calor a nuestra vida y que trasmitiremos a nuestros hijos y éstos a los suyos. Es un vínculo que nos une con el pasado y con el futuro y que hace que nosotros, después de nuestro paso por la vida, sigamos dejando algo de nosotros que pervivirá para siempre.
Esta entrada está dedicada a todas las mamis y abuelas que siguen siendo motor de transimisión de cultura